Por Ismael Requejo
Hay palabras que no caben en los diccionarios tradicionales hasta que la vida misma, a empujones y abrazos, las arrastra y las instala por la fuerza de la costumbre. Una de ellas, profundamente arraigada en nuestra identidad cubana y reconocida hoy formalmente por la Real Academia Española, es el vocablo acere.
Durante mucho tiempo, la voz popular de los solares y los diccionarios más antiguos y reducidos —como el eco de los viejos repertorios— arrastraba una leyenda urbana o etimología popular muy socorrida: se decía jocosamente que la palabra venía de «asere es el conjunto de monos apestosos», una burla o deformación creada para explicar de manera pintoresca el término. Sin embargo, la realidad de la lengua es otra mucho más profunda y digna: proviene de las raíces africanas del occidente de la isla, vinculada al lenguaje carabalí y a las sociedades abakuá (con antecedentes como el saludo religioso asere). Hoy en día, el diccionario institucional ha dado un giro histórico reconociendo oficial y formalmente la voz como la persona con quien existe una relación de amistad muy cercana o como el apelativo coloquial por excelencia para dirigirse a alguien. Para muchos es sinónimo de pana, de hermano, de cómplice; para mí, es además una marca indeleble en el mapa de mi propia vida.
A mi modo de ver, la internacionalización de este y otros términos no fue un accidente lingüístico, sino el resultado inevitable del Periodo Especial y de la gran explosión migratoria. Desde los años 90 y sus décadas subsiguientes, más de dos millones de cubanos han emigrado, transformando el paisaje demográfico de la isla y esparciendo su cultura por el mundo. Cuando escapamos de Cuba buscando libertad, no nos llevamos solo maletas; llevamos el habla viva de los barrios.
Aquella aguda crisis económica desató un éxodo masivo de jóvenes nacidos y criados dentro de la Revolución. Con ellos viajó una subcultura callejera que fue, en esencia, un acto de resistencia y rebeldía frente al orden impuesto y a esa penetración sociocultural del sistema. Mientras se pregonaba la búsqueda de voces populares para llevar una supuesta educación y cultura a los rincones más desposeídos, lo que se impulsaba era una «ideologización alfabética» —una alfabetización cargada de adoctrinamiento ideológico—. La calle respondió creando su propio código cifrado, un argot clandestino que las generaciones mayores miraban con recelo, incapaces de entenderlo o aprobarlo.
En ese universo marginal y vibrante de las esquinas y los solares, el glosario era un mapa de códigos muy precisos:
* Pura y puro para referirse con respeto y complicidad a la madre y al padre.
* Yénica (con Y), empleada para designar a un sujeto X, a cualquiera dentro del engranaje social.
* Nagüe (con g, a veces escrito con sus punticos), el entrañable saludo al amigo en el oriente del país, que muchas veces cargaba con el matiz despectivo con el que el habanero miraba al oriental.
* Yunta, como sinónimo de hermano y compañero fiel.
* Consorte, un término que heredó las entrañas del lenguaje de prisión —el «consorte de causa» con el que se compartía el calabozo, la celda o el rigor del barretín—.
* Y los saludos obligados que desafiaban la monotonía oficial: ¿qué bolá?, ¿qué vuelta? o ¿qué bolero?
Era también la rebeldía hecha cuerpo y gesto: hombres besándose en la cara como un acto de absoluto desenfado y hermandad, rompiendo complejos y tabúes, demostrando que entre nosotros reinaba la confianza más limpia. Todo ese torrente popular se potenció, se desbordó y cristalizó en los aceres.
Cuando nos tocó cruzar las fronteras huyendo de la escasez, de las verdades a medias y de las patrañas implícitas de aquel periodo, ese eslán clandestino se convirtió en un salvavidas emocional. En tierra extraña, decir «¿qué bolá, acere?» era una forma instantánea de fundar un pedazo de Cuba y reconocernos entre náufragos.
Ese desarraigo y esa complicidad tienen un rostro y una fecha exacta en mi memoria. Cuando emigré a la República Dominicana, me tocó tocar puertas con el alma en vilo. Fui recibido en el hogar del ingeniero José Luis Federo y su familia: su esposa, la hoy coronel de las Fuerzas Armadas Nancy Medina de Federo, y un cálido grupo de amigos que me abrieron los brazos sin conocerme de antes.
Entre ellos, la conexión fue tan inmediata y entrañable que la jerga dejó de ser un simple recuerdo de la isla para convertirse en mi propio nombre de combate y afecto. Tan es así que, en el seno de esa familia y de ese círculo, todos me conocen cariñosamente como Acere, al punto de que algunos ni siquiera saben mi verdadero nombre.
Los pueblos viajan en las palabras, y las palabras, a su vez, salvan a los hombres. En mi caso, el acere no fue solo el testimonio de una época turbulenta y rebelde de nuestra juventud en Cuba, sino el pasaporte invisible que me permitió encontrar un hogar y una familia al otro lado del mar.
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